N°14 año 2003
El Diario Ilustrado: modernidad y ensoñación
identitaria
Por Carlos Ossandón
...la forma es lo que
primeramente toca a las muchedumbres
Rubén Darío
Prefacio a Cantos de vida y esperanza (1905) |
1. En la medida que nos internamos en el espacio periodístico
chileno de la segunda mitad del siglo XIX e inicios del XX,
se va haciendo ostensible el peso que adquieren unos principios
formales o unas lógicas de distribución de la
información que se imponen por encima de las prerrogativas
de los autores y de sus estilos2.
Se trata, más globalmente dicho, de la constitución
en ese período de un sistema de comunicación
social que ya es posible reconocer como moderno. En otro trabajo,
hemos señalado que este sistema, que se confunde con
lo que clásicamente se denomina periodismo liberal,
si bien da cuenta de fuerzas sociales y políticas distintas
y en competencia, ya no es mera superficie de proyección
de dichas fuerzas. Sin desconocer su relación con los
grandes poderes y también con los más pequeños
emergentes, pero más allá de un carácter
puramente instrumental o simbiótico, este
sistema es tal precisamente porque construye artefactos y
significaciones propias. El carácter no
puramente diluido o más autónomo
es pues su específica novedad, en contraste, claro
está, con anteriores paisajes comunicacionales. El
desarrollo de la empresa periodística moderna
y de unas estrategias periodísticas más conscientes
de sí, de un mercado noticioso y de bienes simbólicos
que puede imponer sus propios ritmos y demandas, el mayor
espacio y peso que toma el avisaje y las transacciones comerciales,
la ampliación y diversificación de medios y
formatos, la inicial consolidación de narrativas estandarizadas
o de géneros propiamente periodísticos y de
profesionales de la prensa, el desarrollo de intereses y gustos
nuevos y de un público lector más numeroso,
diversificado y anónimo, así como la circulación
de distintas identidades y perspectivas políticas,
son algunos de los nuevos factores que caracterizan al sistema
comunicacional en formación3.
Lo que queremos decir, más particularmente, es que
las publicaciones periodísticas que marcan
este período instalan todo un juego de lenguajes y
secciones, de saberes y géneros, que las transforman
en unas instancias de enunciación cuya articulación
tiene que ver más con dimensiones estratégicas
o comunicacionales que con autorías, rúbricas
individuales o desvíos subjetivos. Es el
propio espaciamiento periodístico o su relevancia comunicativa,
más que los enunciados mismos o la inscripción
de unas firmas, los que determinan las singularidades
de estos aparatos. Por otra parte, las dispersiones, cortes
o heterogeneidades de los textos periódicos, la existencia
de escrituras sectoriales o regionales, la selección
y distribución del material, así como su forma
global o gestalt, tienen ahora una centralidad
capaz de desplazar como tendencia predominante unos textos
articulados a partir de otros principios, visibles en la primera
mitad del XIX en Chile: la barricada o el parapeto
político, puramente instrumental, carente de peso periodístico
propio (v.gr. El Hambriento y El Canalla de la década
de 1820); la doctrina o el imperativo de dilucidación
ideológica (v.gr. La Revista Católica fundada
en 1843); la proclama o el llamamiento (v.gr. La Asamblea
Constituyente de 1858); la necesidad de establecer puentes
con los países adelantados, de divulgar
conocimientos o de poner al día (v.gr.
El Museo de Ambas Américas editado en Valparaíso
desde 1842); la colaboración en la fundación
del Estado-nación o en la instalación de bases
jurídico-culturales (v.gr. El Araucano animado por
Andrés Bello desde 1830), entre otros principios. Ahora,
en cambio (a principios del XX principalmente), se observan
unos dispositivos que ofrecen unos perfiles o
unas identidades móviles, no igualables a otras identidades,
y que no pueden ser concebidos como espacios inertes, meros
reflejos de dinámicas o de sujetos exteriores a ellos
mismos. Para decirlo en una palabra, la prensa cambia su carácter4
y se transforma en un importante nuevo actor. En tanto que
actor se apropia de un habla, construye una personalidad
en cierto grado irreductible, que interactúa o entra
en diálogo con otras hablas y prácticas, dentro
de esa obra o proceso mayor llamado modernización.
Es claro, sin embargo, que la autonomía
ganada es sólo relativa y está permanente afectada
por presiones o tensiones de distinta naturaleza y peso, de
carácter principalmente ideológico, político
y económico.
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| figura 1 |
figura 2 |
2. Es precisamente una de estas tensiones la que puede guiar
la descripción, no de la ideología
principalmente, sino de las condiciones materiales y discursivas
de uno de los periódicos que prácticamente inauguró
el siglo XX, marcando una influencia importante durante más
de 60 años en Chile. Nos referimos a El Diario Ilustrado
fundado en Santiago por Ricardo Salas Edwards, cuya existencia
se extendió desde el 31 de marzo de 1902 hasta el 23
de octubre de 1970. Este diario, concebido al estilo
del Daily Graphic, proveniente de la ciudad de Londres5,
introdujo una importante innovación: el uso del
fotograbado en reemplazo del sistema de litograbado.
Esta innovación que permitió la publicación
de fotografías por primera vez en el país
provocó, según Alfonso Valdebenito, una
verdadera revolución en el periodismo nacional6.
En su primer año habría alcanzado un tiraje
de 2.000 ejemplares diarios, obteniendo en los años
siguientes tirajes bastante más elevados : 30.000 ejemplares,
según se dice, en 1908 y, al parecer, más de
100.000 después del primer gobierno de Ibañez.
Unos años antes de la creación de la magazinesca
Zig-Zag (1905) y de la revista infantil El Peneca (1908),
un poco después de la fundación en Santiago
de El Mercurio (1900) que irrumpía impetuosamente agotando
en un instante 9.000 ejemplares7, y el mismo año de
nacimiento de Las Ultimas Noticias8, por
citar sólo algunos ejemplos significativos, es claro
que la creación de El Diario Ilustrado no es un botón
aislado sino manifestación de un proceso mayor que
involucró nuevos formatos y públicos en los
inicios del siglo XX en Chile. Más precisamente, este
nuevo diario, que para uno de sus competidores aparecía
preocupantemente bien mirado por la gente9,
es expresión de ese nuevo carácter que recién
destacábamos de la prensa chilena, que se aprecia desde
la segunda mitad del XIX y más claramente en los primeros
años del XX. Ello junto, claro está, a otros
diarios igualmente importantes de más vieja
data, como El Ferrocarril de Santiago (1855) y El Mercurio
de Valparaíso (1827).
Adentrémonos en las singularidades de una forma ciertamente
no innata sino adventicia y que más
globalmente vista se confunde con las formas o significaciones
características del periodismo moderno. Examinemos
cómo coexisten en El Diario Ilustrado las nuevas condiciones
del periodismo moderno con las pretensiones de una elite,
que busca marcar una presencia en el terreno específico
de la prensa y del espacio público como simultáneamente
en el de unos signos y sensibilidades guiados por principios
más bien identitarios. Como se sabe, El Diario Ilustrado
estuvo ligado al conservadurismo, y más nítidamente
a partir de 1908 cuando su fundador lo traspasa a un
grupo de activos políticos conservadores, cuestión
que va a cambiar su línea editorial, algo más
independiente en un comienzo. Según Raúl
Silva Castro, después del intento inicial de Ricardo
Salas de hacer vivir al diario lejos de la lucha de los partidos,
este intervino no sólo en aquella lucha ardiente
/.../ sino que además cobró en ella un puesto
de adalid valiente y audaz. Las campañas de oposición
al gobierno de Alessandri (1920-24) y al de Ibañez
(1927-31) prueban que la previsión del señor
Salas Edwards se había quedado corta10.
En sus primeros años de vida, en cambio, visiblemente
en 1902 que es el año que examinamos en este artículo
(en sus dos primeros meses principalmente), El Diario Ilustrado
pone en práctica uno de los mecanismos de validación
más poderosos de la prensa moderna: nos referimos al
tratamiento ponderado por un lado y circunscrito por el otro
que hace de los conflictos de interés público.
A raíz de una huelga de cobradores y conductores de
tranvía, el meeting, los desórdenes y la carga
de la policía que le siguieron, el diario procura,
ya desde los subtítulos que describen el hecho11,
dar cuenta de los ingredientes más visibles del mismo,
construyendo bajo la guía de estos subtítulos
un relato mesurado o imparcial (n.1, 31 de marzo de 1902);
cuestión que se mantiene en el número siguiente,
del 1 de abril de 1902, al entrevistar por igual (técnica
muy usada por la prensa moderna) a los distintos actores involucrados
en los hechos entre huelguistas y policía. En este
mismo número se publica también un artículo
de Luis Orrego Luco que aboga por un sistema de arbitrajes
que permitiría dar a cada uno lo suyo.
Ciertamente el diario no siempre será así de
neutral: en la crónica De la huelga
y otros excesos de Antuco Antúnez ya el sólo
título ilustra bien hacia donde quiere ir (n. 4, 3
de abril de 1902)12. Por otro lado, es fácil
advertir que el hecho en cuestión, su relato, sus fotografías,
entrevistas y comentarios, aun teniendo un espacio importante
en los dos números analizados, no empapan todo el cuerpo
del periódico ni hacen tambalear tampoco la diversidad
de secciones y avisos que le son característicos. Al
estilo ponderado de enfrentar el hecho se le une su circunscripción
precisa dentro del propio espaciamiento periodístico:
el carácter no totalizador ni desbordante del hecho
en la propia superficie del periódico contribuye a
su normalización, que no parece requerir
de operaciones ideológicas adicionales o más
abiertas. La posibilidad de des-cubrirse o de quitarse el
disfraz, de dejar los recatos a un lado y de exhibir un rostro,
no es pues un imperativo ineludible para la prensa moderna.
Junto a este importante mecanismo, que tiene que ver tanto
con el modo como se caracterizan los hechos como con su localización
y límites dentro del texto periodístico, El
Diario Ilustrado da cuenta de una tensión que parece
afectar su núcleo. Si en el terreno social, en la propia
descripción del hecho que comprometió a huelguistas
y policía, el diario no desea cargar las tintas
(al menos, no demasiado), y lo que hace es más bien
instalarlo dentro de la diversidad de nudos o cortes que el
diario efectúa y que operan como un mapa
de la ciudad (ya volveremos sobre esto), en el terreno de
las actividades del teatro lírico y de sus artistas,
por ejemplo, el diario no ahorra adjetivos, no tiene empacho
en mostrar su preferencias y no se ubica ni en un lugar neutral
ni tampoco de interés general. No percibiendo
otros litigantes en el plano cultural el periódico
no se siente en falta respecto del imperativo jurídico:
audi alteram partem. A pesar que los acontecimientos
del Teatro Municipal también sufren esa política
de demarcación o de circunscripción que describíamos
más atrás, que no es discursiva
sino espacial, ya no es la ponderación
ni el deseo de arbitrar o publicar manifestaciones
representativas de los distintos litigantes culturales
lo que guía estas secciones. La lógica que las
explica hay que buscarla más en las compulsiones identitarias
de la elite que en los fragmentos o diversidades que sintetizan
las páginas de esta publicación. Es importante
decir, sin embargo, que esta elite se está nutriendo
de distintas fuentes socio-culturales13.
En el n. 2, del 1 de abril de 1902, se reproducen en primera
página, inmediatamente más abajo del título
del diario, los retratos de dos importantes artistas de la
temporada lírica: de la renombrada soprano único
absoluto señora Amadea Santarelli, primera dama
lírica, y del señor Giuseppe Pacini primer
barítono absoluto y cuya poderosa voz ya había
conocido con anterioridad el público de Santiago (ver
figura n. 1). Se reseña además el elenco completo
de la nueva compañía lírica del Teatro
Municipal. Al respecto se dice: Al aproximarse la estación
de las aburridas noches de invierno, es natural que la expectativa
de los aficionados a la ópera se dirija hacia esa especie
de incógnita que se llama el personal de la nueva compañía.
Por fortuna para el prestigio de nuestra primera escena, las
noticias que nos llegan de los grandes centros artísticos
son enteramente favorables a dichas expectativas, y vienen
a despejar de feliz manera aquella que suele ser la pesadilla
de los abonados y habitués. Es evidente que esta
noticia se enmarca dentro de las prácticas
culturales, expectativas y gustos de unos aficionados
que padecen unas pesadillas que no pretenden ser
universales. Los gustos y expectativas no se reducen, sin
embargo, al arte lírico. El diario destaca también
al notable transformista señor Frégoli
y la muy buena concurrencia que tuvo en el Teatro Municipal
obteniendo nutridos aplausos, especialmente en el Paris-Concert
(n. 23, 23 de abril de 1902). Con mucha regularidad destaca
asimismo los estrenos y representaciones del Teatro Santiago
que solía ser frecuentado por lo más distinguido
de nuestro mundo social (n. 36, 6 de mayo de 1902).
En este Teatro se presentó el nuevo cuadro de
zarzuela organizado por la empresa Ansaldo que tuvo
una concurrencia tan numerosa como distinguida, al punto que
uno de los palcos del proscenio estaba ocupado por S.E.
el Presidente de la República (n. 3, 2 de abril
de 1902); en él tuvo lugar la puesta en escena, dice
el diario, de El Ultimo Chulo, obra en que se luce particularmente
la señorita Sánchez y el tenor cómico
Luis Periú (n. 5, 4 de abril de 1902); la representación
de la zarzuela, algo escandalosa para la época, El
Seminarista, que cuenta la historia de un joven que cuelga
los hábitos y se va a París (n. 24, 24 de abril
de 1902); o de la chistosa zarzuela La Golfemia, parodia
de la Bohème (n. 32, 2 de mayo de 1902), entre
tantas más. El diario informa además, aunque
no con la trascendencia que le confiere a las
obras y artistas del género lírico, de las gracias
de Pepe Vila (n. 2, 1 de abril de 1902), de su partida de
la capital, o del estreno del juguete cómico Salvarse
en una tabla de Salvador Lastra en el mismo Teatro Santiago
(n.8, 8 de abril de 1902). La sensibilidad que enseña
o estimula el diario, si ser siempre refinada,
y muchas veces cercana a lo ligero, poco tiene
que ver, sin embargo, en lo que a música se refiere,
con aquellos temas que se escuchaban en chinganas o en algún
alejado restaurante. No es de su interés reseñar
espectáculos circenses ni luchas romanas
ni representaciones en teatros de otro rango como
el Apolo por ejemplo, cuyos habitués solían
convertir en urinarios la vía pública14.
Estos son, pues, los límites estéticos que el
diario se autoimpone.
Pero esto no es lo más importante desde el punto de
vista del análisis. Lo que no parece cuadrar es el
modo cómo se conjugan determinadas preferencias estéticas
de El Diario Ilustrado con ese sentido común
no agresivo que irradian sus comentarios (tenemos siempre
como referencia básica los primeros meses de 1902)
por un lado, y con ese pretendido universalismo
que sus diversas secciones enseñan, por el otro. Esto
se podría decir también de otros diarios importantes
que, al igual que en El Diario Ilustrado, publican actividades
del Municipal, del Teatro Santiago y del Club Hípico;
asimismo matrimonios, fiestas de fantasía,
primeras comuniones y otros protocolos que comprometen a la
elite principalmente. Sin embargo, lo que hace la diferencia
del diario que examinamos respecto de otros periódicos
(El Ferrocarril y El Mercurio de Santiago, por ejemplo) no
es tan sólo una cuestión de grado (de más
o menos interés por estos temas), sino sobre todo la
impronta que dejan unas instantáneas, cuyos
contenidos (retratos de grandes personajes,
por ejemplo) terminan por desequilibrar o por hacer manifiestas
unas ostentaciones que en los dos diarios citados
pasan más inadvertidas, debido al peso de sus secciones
ampliamente informativas. Pareciera, pues, que las propias
predilecciones de El Diario Ilustrado en el plano del arte
instalasen un ruido o estableciesen una distancia
con una de las ambiciones más características
de la prensa moderna: la de acceder a un público no
sólo amplio sino también heterogéneo,
constituido por distintas visiones e inclinaciones. Esta ambición,
que ciertamente no es ajena al modo como dicha prensa se inventa
un alma (o perfil) y un cuerpo
(o juego de secciones), no parece mantener una correspondencia
con la centralidad que tienen los retratos de aquellos dos
destacados cantantes líricos, la soprano y el barítono,
publicados en el n. 2 del 1 de abril de 1902. La tensión
se debilita, sin embargo, cuando se constata la equivalencia
o nivelación que los tópicos del grand monde
sufren en su relación o convivencia con temas de distinto
carácter. No habría que olvidar, por último,
que esos tópicos serán pronto recuperados por
las revistas magazinescas que harán de estas exhibiciones
un cierto festín, formando parte de esos
distintos intereses o atracciones que nutren el
nuevo sistema de comunicación social. Estas exhibiciones
no serán los únicos rasgos magazinescos que
El Diario Ilustrado y otros periódicos proyectarán:
también la moda, los banquetes de clausura, los centenarios
de escritores, los consejos para protegerse de las altas temperaturas
y otras curiosidades que preparan lo que algunos caracterizan
hoy como la sociedad del infoentretenimiento que
trae, entre tantas otras cosas, unas ofertas noticiosas que
semejan verdaderos cócteles de temas, sabores
y estilos diversos15.
3. Es claro que las singularidades descritas
no alejan al Diario Ilustrado del nuevo carácter que
toma la prensa en Chile en el período que examinamos.
Por de pronto, su cuerpo no es muy distinto de
lo que se ve en otros periódicos importantes de la
época: los cablegramas extranjeros, las noticias del
día, el sport, las notas sociales, las opiniones políticas,
las charlas mundanas de Froufrou (un hablante
femenino), el folletín (que se inaugura con un cuento
de Sir Arthur Conan Doyle), los avisos comerciales, etc.,
son los tópicos a través de los cuales El Diario
Ilustrado construye unas temporalidades y unas
espacialidades segmentadas, que son más
potentes que los modos más directamente discursivos,
estables o ideológicos de representación16.
Estos tópicos, cuya arbitrariedad no siempre es fácil
de captar, se imponen como naturales y no necesitan,
por lo tanto, de autojustificaciones; operan como incisiones,
que más que mentir cortan, a diario y sin dolor; son
hendiduras o fisuras que no parecen tales o que no se dejan
reconocer como lo que son. Dotado de estas poderosas y más
consolidadas dispersiones o cortes,
el periódico cree, además, que la modernidad
de su prensa o la impresión en ella de grabados
tan finos y perfectos como los que ya hemos publicado
(n. 6, 6 de abril de 1902), y sus fotografías 17,
le ha permitido colocarse en corto tiempo en el rango
de los de mayor circulación de la capital (n.
9, 9 de abril de 1902).
El Diario Ilustrado configura también una forma
que es algo más que las dispersiones o
fisuras mencionadas o la novedad de sus fotografías.
Dicha forma no habría que entenderla como
una especie de continente que en sí contiene
unos contenidos. Decir que es una forma
no asimilable a sus dispersiones o cortes
no equivale a afirmar, por otro lado, que dicha forma
le cae por encima o por afuera a estas incisiones.
Tampoco la concebimos como la simple proyección en
el papel impreso de la nueva experiencia moderna o de aquellas
hablas o tópicos propios de una ciudad que ha dejado
de ser aldea. Hemos creído toparnos antes bien con
una diferencia que se instala como una presencia
más, al lado de otras presencias o diferencias igualmente
constituyentes del proceso modernizador. Contribuye así
a poblar una modernidad que, en las primeras décadas
del siglo XX en Chile, estaba ya siendo poblada por un conjunto
no menor de artefactos nuevos, tales como tranvías
eléctricos, cine, aeroplanos, automóviles, teléfonos,
etc. 18
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| figura 3 |
figura 4 |
Con el correr del tiempo no será sólo la noticia
sino más propiamente el periódico como forma
el que se transformará en un suceso físico
y mental. No es todavía éste el tiempo del diario
que examinamos. Habrá que esperar varias décadas,
o el advenimiento del posmodernismo como pauta cultural
dominante (Fredric Jameson), para comprobar más
fehacientemente cómo el imperio de los significantes
o de las distribuciones visuales adquieren un poder capaz
de arrasar con textos más dependientes de contenidos
e incluso de voluntades políticas. Por
ahora aceptemos que el periódico de marras (así
como otros de similar carácter), sin menoscabo de sus
incisiones (contando con ellas, más bien),
destaca una determinada organización o combinación,
una gestalt se podría decir. En tanto tal,
se proyecta mentalmente como un cierto mapa o
campo visual y temporal, que suponemos indispensable como
instrumento de orientación en el contexto de una ciudad
y de unos servicios en expansión. Si como
forma no es aún propiamente un suceso,
sí ya opera en cambio como plano y brújula
a la vez. Este mapa no es, como decíamos
más arriba, mera superficie de proyección de
la experiencia moderna; más bien marca y prefigura
los rumbos, lugares y también los tiempos en que se
divide una ciudad que comienza a ser algo laberíntica
o dificultosa. El periódico enseña así
una diferencia específica que no se disuelve
ni es simple reflejo de una realidad
que, supuestamente instalada a sus espaldas, lo determinaría.
Como todo mapa - salvo uno imaginado por Jorge
Luis Borges - no se confunde ni es su territorio. Es claro,
sin embargo, que en este plano El Diario Ilustrado no se diferencia
substantivamente de otros periódicos que responden
al mismo modelo informativo y empresarial.
Lo que decimos tiene ciertamente correspondencia con la primacía
que, sobre el resto del país, venía ejerciendo
la ciudad de Santiago, los nuevos hábitos y niveles
de consumo de sus habitantes, la proliferación de espectáculos,
la inauguración reciente de tranvías eléctricos,
los problemas de aglomeración y tránsito público,
la expansión del espacio urbano y de los servicios
públicos, entre otros factores de modernización19.
Es lógico prever que estos desarrollos y cambios, que
traducen una nueva fisonomía del paisaje urbano, exigirán
también nuevos modos de dibujar o asimilar mentalmente
estas novedades. Si recién afirmamos que el periódico
no es un reflejo pasivo de factores que lo determinan
desde fuera, con ello no queremos decir que la modelación
de espacios y temporalidades la efectúa en el vacío
o al modo de una creación divina ex nihilo. Es, más
bien, una amalgama de prácticas, discursos y sensibilidades,
privativos de una experiencia que una determinada visión
ha venido identificando como moderna o urbana,
lo que el periódico mapea, contribuyendo
así a configurarla o a significarla.
Para Julio Ramos, el periódico es aquella articulación
que permite pensar la ciudad como un espacio social
coherente, y la lectura de periódicos es una práctica
inseparable de la propias vivencias del sujeto urbano. Pero
más importante aún, agrega, es el hecho
de que el periódico (como las tiendas modernas), en
su propia organización del lenguaje (o de las cosas)
queda atravesado por una lógica del sentido que también
sobredetermina la disposición del espacio urbano. Lógica
del sentido profundamente fragmentaria, desjerarquizadora20.
Muchos años antes, Friedrich Nietzsche caracterizó
esta lógica como un viscoso tejido conjuntivo
(p. 57), una especie de manojo de hilos finos y pegajosos,
y al periodista como esclavo del momento presente,
como aquel que ha llegado a substituir al gran genio,
el guía para todas las épocas, el que libera
del presente (p. 58). Este tejido, que tanto extiende
como reduce la cultura, y que es además pegadizo, tendría
consecuencias lamentables para la propia configuración
de la experiencia: sería un medio específico
de consuelo (p. 175) que disipa o adormece los estremecimientos
o riesgos de la cultura en su sentido fuerte. Este medio
nada tendría que ver con una experiencia que remueve
como vivencia íntima los grandes problemas de la existencia,
y sería abiertamente agresivo contra un espíritu
que, en su inactualidad, no establece ninguna
sintonía con las jergas, estéticas o articulaciones
de un periodismo que domestica el horror y empobrece la afección
21.
4. Cualquiera que sea la potencialidad configuradora del
periódico, como condición para pensar
la ciudad, como mapa o guía, o como
estrechamiento de la experiencia o consuelo, lo
cierto es que éste no se reduce a ser tan sólo
medio, estableciendo una determinada presencia
que, en el caso de El Diario Ilustrado y en particular de
sus fotografías, exhibe unos sesgos que permiten entender
mejor su lugar en el desarrollo de la prensa en Chile.
Se ha dicho que estos soportes tecnológicos (las fotografías)
no operan autárquicamente, ni remiten a unidades mínimas
preexistentes o independientes de configuraciones o estructuraciones
más amplias y móviles22. Nos ha parecido, en
efecto, que en El Diario Ilustrado estas configuraciones hacen
sentir su peso en la propia determinación de las significaciones
ligadas a la imagen: éstas hay que entenderlas, entonces,
no como signos naturales o como códigos autónomos
sino en relación con los sentidos que el periódico
a su modo construye diariamente. Es ese doble carácter
que hemos creído ver en este periódico, vehículo
tanto de los nuevos factores de modernización como
de las exigencias de una elite que requiere de espejos, proyecciones
públicas y confirmaciones identitarias, el que interviene
como punto de partida o de articulación de unos soportes
tecnológicos cuya novedad habría que matizar23.
En el plano de estos soportes, los primeros números
El Diario Ilustrado resaltan unos derechos que
se imponen con cierta fuerza, aunque no acaparan todo el espacio
visual, como veremos más adelante24.
En el n. 1, del 31 de marzo de 1902, el periódico estrena
en su primera página unas instantáneas
que representan aspectos de las festividades de Semana Santa,
la procesión del Santo Sepulcro por ejemplo.
En el n. 2, del 1 de abril de 1902, en su primera página
vienen, como ya se ha hecho notar, dos fotos de dos destacados
artistas de la temporada lírica (recordemos una vez
más a nuestra Amadea Santarelli, primera dama lírica,
y a nuestro primer barítono absoluto señor Giuseppe
Pacini) y en la página siguiente se publican fotos
de representantes de la Legación Británica en
Chile. En otros números el periódico publica
fotografías de los monumentos del general José
Manuel Baquedano, de Benjamín Vicuña Mackenna
y de Victor Hugo, del nuevo crucero chileno Chacabuco,
del blindado japonés Mi kasa (el buque
de guerra más poderoso del mundo), del Presidente
y Vice-presidente de la Honorable Cámara de Senadores,
entre otras figuras o realidades importantes.
Son estas representaciones, ligadas a grandes poderes, las
que hegemonizan la escena visual. Se instalan así unos
derechos que expresan bien una de las caras de
El Diario Ilustrado, pero que más adelante tendrán
que convivir con derechos de distinta naturaleza
(ligados al accidente cotidiano, por ejemplo),
necesarios para el desarrollo y masificación de la
prensa.
En el momento que nos situamos, en cambio, la visibilidad
no es todavía un bien dispuesto para una diversidad
amplia de usos y en sus reinos entran básicamente los
personajes importantes. Estas primeras representaciones
responden al modelo del retrato y están
por ello fuertemente asociadas a la pintura25.
Son muchos los ejemplos que se pueden citar en esta línea:
foto de Enrique MacIver, candidato a senador, de Carlos E.
Casanueva, ministro jubilado de la Excelentísima Corte
Suprema recientemente fallecido, o de Ramón Barros
Luco, organizador del nuevo Ministerio y delegado del Partido
Liberal. El periódico viene así a proyectar
públicamente un tipo de trabajo o de modelo
bastante habitual en Chile desde la segunda mitad del XIX
y que era ejecutado por retratistas itinerantes y fotógrafos
establecidos26. Es claro, sin embargo, que
esta costumbre, aun cuando tiene un mayor alcance público,
se encuentra por otra parte severamente restringida en el
diario que examinamos. Esta línea llega a su apoteosis
o se corona, valga la redundancia, con las 9 ilustraciones
relativas a la coronación de Alfonso XIII
(n. 47, 17 de mayo de 1902). Ellas cubren por completo la
primera página, mostrando al nuevo rey de España
tanto bajo la dignidad destemporalizada del personaje
notable, en el modelo del retrato (ver foto
al centro de la página), como bajo la naturalidad
de una vida que, a pesar de estar marcada por el sello de
lo público, no deja por ello de ser una vida como las
demás27: el rey en familia,
el rey en clase (ver figura n. 2). El contraste
entre la trascendencia y la naturalización
del mundo cotidiano del personaje notable, que
apunta a humanizarlo o a equipararlo con los mortales comunes
y corrientes, o entre la significación
de este personaje o su construcción como monumento
y las aparentes nimiedades e insignificancias
que también lo constituyen, será uno de los
juegos o retóricas visuales corrientemente usadas por
las nacientes revistas magazinescas (Zig-Zag, por ejemplo).
Junto a este tipo de fotografías, el periódico
exhibe otras cuyos motivos son diversos: una fiesta escolar,
plazas, un paseo campestre, un puerto pintoresco, caciques
araucanos, un taller de carpintería, paisajes. No son
propiamente accidentes o sucesos imprevistos,
en la medida que su irregularidad o el grado de alteración
que introducen en el mundo de todos los días
se revela débil o poco escabrosa. A lo más se
podría decir que se trata de escenas o
de acontecimientos pero no en el sentido accidental
del mismo. Recién en el n. 19 nos topamos por primera
vez con un dibujo que representa un accidente
ocurrido en Santiago (ver figura n. 3)28.
Si bien poco a poco irá creciendo el espacio que se
le conferirá a hechos recientes, cuya accidentalidad
es diversa (en 1904, por ejemplo, la serie continuada de fotos
En el teatro de la guerra, referidas al conflicto
ruso-japonés), en estos primeros meses hay muchas fotos
que responden a un modelo costumbrista o documental,
aunque éstas no tienen la centralidad de las que se
ciñen al modelo del retrato del gran
personaje.
Por último, no deja de ser revelador el Concurso
de Instantáneas fotográficas que organiza
El Diario Ilustrado desde el n. 27 del 27 de abril de 1902.
Como si en un acto de franca lucidez el periódico anunciase
las tendencias que se desarrollarán pronto en el campo
del fotoperiodismo. Junto con ofrecer 150 pesos en premio,
las bases de este concurso indican que las instantáneas
deberán necesariamente representar una escena
en movimiento, que las personas u objetos sean animados
o que se demuestre que la fotografía no ha sido
tomada de tiempo. Se advierte igualmente que, aunque
el tema se deja a elección de los participantes, serán
mejor evaluadas las fotografías que sean la reproducción
de un suceso de importancia, de personajes de actualidad o
de escenas de por sí verdaderamente artísticas
o curiosas. Como se aprecia, no es la pose fija
sino el movimiento o el carácter animado
lo que busca promover el periódico. No es la foto de
tiempo sino el registro instantáneo o de exposición
breve. No sabemos si la voz animado es una reiteración
de movimiento o remite a ánima,
a vida o soplo: ¿es el movimiento tan sólo o
la viveza de la acción, o ambas cosas, las que debieran
representar preferentemente las instantáneas? Probablemente
el carácter animado que se exige no quiera
decir divertido o entretenido, aunque
en la frase siguiente se privilegian junto a las escenas artísticas
también las curiosas. El otro criterio
que se indica es evidentemente la actualidad e
importancia del suceso o personaje.
Estas bases se volverán a publicar en otros números
del diario y, a muy poco andar, en el n. 29, del 29 de abril
de 1902, aparecerán las primeras instantáneas
del concurso (ver figura n. 4). Como se aprecia, no son fotos
tomadas en un estudio sino en las carreras,
tratan en lo posible de apartarse de la pose fija
y de reflejar algo de movimiento y espontaneidad. Son básicamente
registros. La atmósfera es recreativa,
y la autoridad (el ministro del Ecuador), cuya
investidura es señalada en el pie de foto, se ve sin
embargo fuera de protocolo, en las carreras y con su familia.
Estas dos características (investidura y recreación)
son reforzadas por un anclaje (Roland Barthes)
o leyenda escritural que evita que la foto se dispare en un
sentido distinto a esa operación de naturalización
(y diferencia a la vez: las carreras de caballos, el
rey Eduardo jugando al golf en otra foto) de la vida
íntima de los poderosos. Más curiosas
son las dos fotos dedicadas a un personaje de actualidad,
el señor Frégoli, ese notable transformista
que hacía poco había actuado en el Teatro Municipal
con gran éxito, tal como indicábamos páginas
más atrás. Un artista y un ministro son pues
las figuras que comienzan a ser protagonistas en el deseado
reino de las imágenes públicas.
Si seguimos la pista a las instantáneas que se continúan
publicando como parte del concurso se puede ver que éstas
reproducen cuadros de la vida cotidiana, acontecimientos
en el sentido débil del término y también
lo que habitualmente se llama accidentes: desde
unas regatas sobre el río Valdivia, pasando por unas
personas que están esperando o subiendo a un tren en
la estación de Parral, hasta los escombros humeantes
de un incendio. Las fotos seleccionadas se apartan del modelo
del retrato, tan importante en esta primera época
de El Diario Ilustrado, dejan lo trascendente
a un lado y se vuelcan a destacar unas acciones
o movimientos que tanto responden al modelo costumbrista
o documental como del ya citado accidente,
cuyo sentido no está en sí sino en el periódico
que lo modela como tal.
Como vemos, las fotografías no son aquí ni
códigos cerrados o autónomos ni
códigos abiertos o inciertos, dispuestos
a decodificaciones múltiples. Si bien estos signos
dan cuenta de una singularidad semiótica
que no permite su asimilación sin más a la máquina
textual (aunque sí distintos tipos de intercambio
entre texto e imagen), el modo cómo se construyen sus
significaciones no son independientes de los mensajes o sentidos
que se desprenden del conjunto de discursos, imágenes
materiales e interacciones que constituyen el aparato
formal de la enunciación29,
es decir, del propio texto periodístico y sus distintas
relaciones, y en particular de esa combinación entre
modernidad y ensoñación identitaria tan distintiva
de El Diario Ilustrado en 1902.
Volver a la tabla de contenidos del N°14
1
El presente artículo es un resultado parcial de la
investigación FONDECYT n. 1010016.
2 Es sabido que la
noción de autor, entendido como fuente
última de sentido, ha perdido al igual que la noción
de obra, concebida como textos capaces de ocultar/manifestar
las intenciones del autor, esa evidencia
inmediata no problematizada que ciertas tradiciones le venían
atribuyendo. Según Michel Foucault es preciso asumir
reflexivamente estos agrupamientos arrojándolos de
la sombra en la que reinan. La arqueología del
saber. Siglo XXI editores, México, decimotercera edición
1988, capítulo I: Las unidades del discurso.
3 Estos tópicos
y los inmediatamente siguientes se pueden consultar en Carlos
Ossandón B./ Eduardo Santa Cruz A.: Entre las alas
y el plomo. La gestación de la prensa moderna en Chile.
Dibam-Lom-Arcis, Santiago de Chile, 2001. También en
Carlos Ossandón B.: El crepúsculo de los sabios
y la irrupción de los publicistas. Lom-Arcis, Santiago
de Chile, 1998. Un examen del proceso de transformación
de la prensa chilena a comienzos del XX se encuentra en Eduardo
Santa Cruz A.: El campo periodístico en Chile a principios
del siglo XX. Proyecto Fondecyt n. 1010016.
4 Quizá sea
importante aclarar que la historia de la prensa no la concebimos
como la ampliación o desarrollo de un gran texto único
ininterrumpido o sin fisuras, ni tampoco como un ciclo de
sustituciones o giros radicales sin coexistencias o pervivencias.
Respecto de esto último en otra parte decíamos
que no habría que remedar en este punto el esquema
de colapso y creación de epistemes de Las
palabras y las cosas de Michel Foucault.
5 Verónica
Mosso G.: El Mercurio y El Diario Ilustrado: dos exponentes
en Chile del nuevo periodismo del siglo XX. 1900-1920. Pontificia
Universidad Católica de Chile. Tesis para optar al
grado de licenciado en Historia, Santiago, 1999, p. 17.
6 Alfonso Valdebenito:
Historia del periodismo chileno. 1812-1955. Imp. Fantasía,
2° Edición, Santiago de Chile, pp. 72 y 73. En
1902 ni El Mercurio de Valparaíso y Santiago ni El
Ferrocarril traen instantáneas.
7 Las cuatro
carretonadas de diarios llegados al mesón volaron a
los cuatro extremos de la ciudad, impelidas como por un huracán
de entusiasmo. Aquello era un infierno: gritos, trompadas,
estrellones, apóstrofes, los chicos trepados unos sobre
otros, los empleados del diario vendiendo en mangas de camisa...
Así describe El Mercurio de Santiago su entrada
triunfal al siglo veinte. En Grandes Noticias. 1900-1938.
María Angélica de Luigi. El Mercurio S.A.P.,
Santiago, 1985, pp. 5 y 6.
8
Este periódico que al comienzo se llamó Las
Ultimas Noticias de El Mercurio, fundado por Agustín
Edwards Mac Clure, habría consolidado la dimensión
vespertina de la prensa. Aun cuando no es el primer periódico
que tiene este rasgo, según Alfonso Valdebenito creó
entre nosotros el tipo de diario de la tarde, tan completo
como los de la mañana (Op. cit.: pp. 71 y 72).
9 Carta de Joaquín
Díaz Garcés a Agustín Edwards Mac Clure,
22.5.1902, citada por Patricio Bernedo y Eduardo Arriagada
en Los inicios de El Mercurio de Santiago en el epistolario
de Agustín Edwards Mac Clure (1899-1905), Historia,
Vol. 35, Instituto de Historia, Universidad Católica
de Chile, 2002, p. 18. Una investigación que intenta
discutir tópicos consagrados sobre los orígenes
de la prensa moderna en Chile se encuentra en Carolina Cherniavsky
B.: El Ferrocarril y El Mercurio de Santiago (1855-1911) ¿El
fin de una época y el comienzo de otra en la prensa
chilena? Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia.
Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago,
1999. Sobre las nuevas publicaciones para niños se
puede consultar Carlalí Villalba, Francisca Araya,
Bárbara Fuenzalida, Iván Valdés, Alcia
Infante: El Peneca: de santo a rebelde. Tesis para optar al
grado de Licenciado en Comunicación Social, Universidad
de Chile, 2002. Sobre revistas magazinescas ver Eduardo Santa
Cruz A.: Modernización y cultura de masas en
el Chile de principios del siglo veinte: el origen del género
magazine, en Comunicación y Medios, Año 12,
n. 13, Universidad de Chile, Facultad de Ciencias Sociales,
Departamento de Investigaciones Mediáticas y de la
Comunicación, segundo semestre 2002. Y Carlos Ossandón
B.. Zig-Zag o la imagen como gozo, en Mapocho,
Dibam, n. 51, Santiago, primer semestre 2002.
10 Raúl Silva
Castro: Prensa y Periodismo en Chile (1812-1956). Ediciones
de la Universidad de Chile, Santiago, 1958, p. 367.
11 Como se sabe, el
relato de sucesos o de hechos, así
como el discurso de la objetividad, constituyen
componentes importantes de las estrategias periodísticas
modernas. No se equivoca pues Raúl Silva Castro cuando
indica que El Mercurio de Valparaíso se aparta
desde el primer momento de los usos que hasta entonces habían
sido habituales en la prensa chilena (Op. cit., p. 130).
En efecto, su primer número de 1827 que relata un accidente,
que le costó la vida a un comandante de guardia a manos
de un oficial de la marina inglesa, es un hito que pautará
el desarrollo posterior de la prensa. El Diario Ilustrado
es ciertamente tributario de este constructo típicamente
moderno. El hecho, su actualidad,
su descripción y clasificación, le permitirán
fabricar-segmentar un presente del cual quedará
irremediablemente atado.
12 Muy lejos de la
neutralidad es el tratamiento que El Diario Ilustrado
dará algunos años después a los sucesos
ligados al pope Julio, un predicador a cuya sombra,
dice el diario, se agrupan hoy tribus distintas: radicales,
socialistas, anarquistas y esa masa inconsciente que corre
al tumulto por amor al desorden. Según el diario,
una turba de los bajos fondos sociales, azuzada por
el clérigo Julio y el anarquista Bustamante y otros
desconocidos, no sólo causó destrozos
y heridos sino también pretendió atacar
a los que formaban la procesión del Santo Sepulcro:
números 1085 y 1110 del 28 marzo y 23 de abril de 1905
respectivamente.
13 Según Manuel
Vicuña, el Teatro Municipal es un buen ejemplo para
entender la amalgama entre patricios y advenedizos
que se hace ostensible en esta época. Un público
más heterogéneo o entrelazado se habría
dado cita en el nuevo Municipal reconstruido después
de un incendio en la década de 1870. Instituciones
como el Teatro Municipal - dice - representaron canales informales
de ascenso social y medios propicios a la asimilación
cultural de los nuevos elementos. La belle époque
chilena. Editorial Sudamericana, Santiago de Chile, 2001,
pp. 27 y 28.
14 Sobre los gustos
de la época ver Alfonso Calderón: 1900. Editorial
Universitaria, Santiago de Chile, 1980, pp. 183 y sgs. Bernardo
Subercaseaux: Fin de Siglo. La época de Balmaceda.
Editorial Aconcagua, Chile, 1988, pp. 255 y sgs. Armando de
Ramón: Santiago de Chile. Editorial Mapfre, 1992, Madrid,
pp. 184 a 187.
15 Stella Martini:
Periodismo, noticia y noticiabilidad. Grupo Editorial Norma,
Colombia, 2000, p. 20.
16
Julio Ramos: Desencuentros de la modernidad en América
Latina. Literatura y política en el siglo XIX. F. C.
E., México, 1989, p. 123.
17 El Diario Ilustrado
es el primer periódico que lleva como logotipo, al
lado de una paleta y de un pote de pinceles, una cámara
fotogrática (de fuelle).
18 Bernardo Subercaseaux:
Genealogía de la Vanguardia en Chile. Ediciones Facultad
de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile, s/f,
p. 93.
19 Armando de Ramón:
Op. cit., capítulo IV: La ciudad primada (1850-1930).
Consultar también José Luis Romero: Latinoamérica:
las ciudades y las ideas. Siglo veintiuno editores, Argentina,
4° edición, 1986, pp. 247 y sgs.
20 Julio Ramos: Op.
cit., p. 124.
21 Friedrich Nietzsche:
Sobre el porvenir de nuestras escuelas. Tusquets Editores,
Barcelona, 2000. En una de sus notas, Andrés Sánchez
Pascual (prologuista y traductor de Nietzsche) escribe: La
lectura de periódicos fue un tema tocado
por Nietzsche desde muy temprano, y siempre en sentido negativo
/.../ En más de una ocasión compara esa costumbre
a la diaria visita a la cervecería, y dice
que es un sustitutivo de las oraciones diarias
(en Friedrich Nietzsche: Más allá del bien y
del mal. Alianza Editorial, Madrid, 1994, nota 5,. p. 262).
22 Sobre éste
y otros temas relacionados, ver Eliseo Verón: De
la imagen semiológica a las discursividades. El tiempo
de una fotografía, en Isabel Veyrat-Masson y
Daniel Dayan (comps.): Espacios públicos en imágenes.
Editorial Gedisa Barcelona, 1997.
23 En el artículo
Fotógrafos de prensa. Testigos directos y espejos
de identidad Juan Domingo Marinello señala: Es
un error común y repetido sostener que la primera fotografía
periodística impresa aparece en El Diario Ilustrado
en el año 1902. En rigor debiera indicarse que este
hecho solamente constituye un hito en cuanto a una publicación
diaria. En efecto, ya en el año 1897 en
La Revista Ilustrada, de Santiago, impresa por Heliograbados
e impresos del Universo, se publicaban semanalmente
fotografías periodísticas impresas en trama,
a gran tamaño /.../ Incluso en la misma
década, La Lira Popular, incluye clichés fotográficos.
Pero no será en los periódicos, sino en las
revistas ilustradas /se refiere a Zig-Zag principalmente/,
donde el fotoperiodismo tendrá una verdadera época
dorada durante las dos primeras décadas del novecientos
(p. 125). En Abel Alexander, Margarita Alvarado et alia: Historia
de la fotografía en Chile: rescate de huellas en la
luz. Centro Nacional Patrimonio Fotográfico, Chile,
Octubre 2000. De Juan Domingo Marinello ver también:
Grafías de la oralidad periodística,
en Patrimonio Cultural. Revista de la Dirección de
Bibliotecas, Archivos y Museos. Año VI, n. 22, Chile,
invierno de 2001.
24
Sobre el derecho a ser fotografiado ver Alicia
Entel et alia: Escuela de Frankfurt. Razón, arte y
libertad. Eudeba, Argentina, 1999, p. 154.
25 A este respecto
Eliseo Verón hace interesantes alcances. Dice: Desde
los comienzos mismos de la fotografía, se impone un
empleo de ésta que retoma los códigos pictóricos
del retrato. Los personajes notables, comenzando por el propio
emperador, se hacen fotografiar del mismo modo en que antes
se hacían pintar (Rouillé 1985). En este caso,
la estrategia enunciativa, al retomar las reglas de producción
del retrato pintado, expresa como éste, una voluntad
de ejemplaridad: trabajada por la estilística del retrato
pintado, la exposición fotográfica tiene un
resabio de eternidad. En el terreno fotográfico, tenemos
pues una primera figura enunciativa de la neutralización
de las condiciones específicas de la toma de
vistas: el referente (empleando la terminología
de Barthes) está destemporalizado. Op. cit.,
p. 58.
26 Hernán Rodríguez
Villegas: Historia de la fotografía en Chile.
Registro de daguerrotipistas, fotógrafos, reporteros
gráficos y camarógrafos. 1840-1940, en
Boletín de la Academia Chilena de la Historia. Año
LII, n. 96, Santiago de Chile, 1985/1986, p. 190.
27 Eliseo Verón:
Op.cit., p. 59.
28 El último
choque de tranvías. En el pie se lee: Dibujo
del violento choque de tranvías ocurrido a las dos
y media de la tarde del Miércoles 16, en la Plaza de
la Independencia esquina de Catedral, hecho por nuestro primer
dibujante, don Santiago Pulgar, con apuntes tomados del natural
(El Diario Ilustrado, 19 de abril de 1902).
29 Roger Chartier:
Poderes y límites de la representación.
Marin, el discurso y la imagen en Escribir las prácticas.
Manantial, Argentina, 1996, pp. 83 y otras.
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